Lo cambió todo. Lo dio vuelta todo. Lo innovó todo. Cambió la música de rock, el rock como cultura, la visión sobre las drogas, las costumbres sexuales, la ropa, el pelo y la cabeza de mucha gente; cambió la industria de la música; la imagen de la guerra y de sus héroes; le puso héroes a la paz y le puso ideas y emociones a toda una generación que nunca más fue la misma y que jamás llegó a ser lo que sus mayores tenían pensado para ella; sus canciones, en principio divertidas y animadas, pasaron a hacer planteos ideológicos que abrieron un espacio único para el movimiento hippie y para la rebelión de los irrepetibles, inolvidables años 60.

Y todo, y mucho más, lo hizo John Lennon escudado detrás de una guitarra y sus seis cuerdas que sonaban como orquesta; cobijado por un talento descomunal que repartía generoso como si no fuera jamás a terminarse; marcado por una existencia atropellada que empezó en un bombardeo y terminó a balazos; señalado para siempre por una infancia a empujones entre el desamor y el afecto prestados, que iban a condicionar sus días hasta el final imprevisible y abrupto en el edificio Dakota de Nueva York; y desteñido en sus últimos años por una prisión que eligió como mujer para toda su vida y con la que vivió casi feliz, casi ausente, como en aquellos empujones de la infancia que no lo abandonaron jamás.

Fue, además, el padre intelectual, musical y moral de Los Beatles. Compuso algunas melodías y algunas palabras para esas melodías que se transformaron en leyenda, en himnos, en profecía, en conjeturas, en dudas y en símbolos de la resistencia contra los poderes desquiciados que dieron vuelta para siempre la historia del mundo en el siglo XX. Fue un poeta, como Byron; fue un músico, como Bach; fue un activista por la paz, como Gandhi; encarnó una época y murió joven y asesinado, como Kennedy, y fue un inconformista, un rebelde, un indócil, un intransigente y un provocador, contradictorio, lúcido y frágil: como Lennon. Y todo lo hizo Lennon resguardado detrás de unos anteojitos redondos de mirar la vida de los miopes con los ojos de la utopía. Vivió sólo cuarenta años. Sabemos, casi, quién fue. Nunca sabremos quién pudo ser.

Imagina

Nació a las seis y media de la tarde del 9 de octubre de 1940 en el Maternity Hospital de Liverpool, bajo las bombas de la Lutwaffe de Adolfo Hitler que intentaba adueñarse de Inglaterra. Su madre, Julia Stanley, elige el nombre del crío: John Winston Lennon. El segundo nombre es devoción hacia Winston Churchill, ese león solitario que defiende su tierra sólo con sangre sudor y lágrimas. El futuro guerrero de la paz nace marcado por la Segunda Guerra.

El padre de Lennon, Fred, conoce poco de épica: le dice adiós a las batallas y escapa al Africa donde lo apresan como desertor. Para cuando pueda volver a Gran Bretaña, Julia se habrá unido a otro hombre, John Dykins, y habrá puesto al pequeño John al cuidado de su hermana, Mary Stanley, y de su marido, George Smith, en el 251 de Menlove Avenue.

La elección es perfecta: Mary, la Tía Mimi, no tiene hijos y Julia piensa que será ideal para su crío. Pero para John es el primer desgarrón de su vida. En julio de 1946, a un año de terminada la guerra, cuando está a punto de cumplir seis, papá Fred vuelve y se alza con el chico para llevárselo a Blackpool: tiene intención de viajar con él a Nueva Zelanda y dejarnos a todos sin Beatles. Julia sale a buscarlo desesperada, lo encuentra y lo obliga a elegir: o papá o mamá. En el segundo de sus desgarros, John elegirá a mamá, que lo vuelve a dejar con Tía Mimi. Y el chico crece como un pájaro lastimado en Liverpool. Liverpool es parte del secreto de John. Y de Los Beatles. Es un puerto, mira al mar, la recorren calles grises que todavía humean guerra, está repleta de pubs, ama el fútbol, soporta el castigo del viento helado y lluvioso del noroeste amparada en unos tristes edificios de ladrillo, altos como el cielo y con la estética de una rata muerta; sus gentes hablan en un dialecto cerrado y secreto, son orgullosos, provocadores, alternan entre la elegancia de sus casas ricas y el ambiente fétido de los callejones con clubes subterráneos donde tocan bandas de músicos; Liverpool tiene, como todo puerto, sus personajes y su ambiente irreparables: mercachifles, contrabandistas, putas, changarines, delincuentes que sueñan con el gran golpe, borrachines sin sueños, poetas, criminales, arribistas, artistas, artesanos, bohemios y chiflados. Paul McCartney dirá años después: “En Liverpool siempre estabas rodeado de música. Era una ciudad muy musical”. Y más que todo eso, el puerto de Liverpool es la entrada de todo lo que viene de lejos, de Estados Unidos, por ejemplo, música incluida.

En ese clima y entre esa gente crece John. Y se entibia el caldo de cultivo de Los Beatles. John es un poco vago. El estudio le cae como piedras. Dibuja, eso sí. Mucho. Tía Mimi dice que pasaba horas, feliz con el dibujo la pintura, encerrado en su habitación que estaba sobre la entrada de la casa. Tía Mimi coloca un parlante extra en la habitación del chico para que pueda escuchar sus programas y su música favoritos. Va al colegio: seis meses en Mosspits Lane, después en Dovedale Primary School y por último a la que será su otra casa, la Quarry Bank Grammar School. Tiene once años, es 1952, Inglaterra tiene nueva reina, Isabel II, el mundo da una vuelta carnero cada diez minutos, entra de lleno en la Guerra Fría y en las guerras civiles de la posguerra; y John, que aprendió a odiar esa palabra y lo que significa, se zambulle en la música.

¿De dónde saca su talento ese chico que ya se perfila como un rebelde sin demasiado estudio, sin demasiado horizonte en la Liverpool barrida por el frío y sin demasiadas esperanzas de ver otro paisaje que el de los edificios de ladrillos rojos? Su hermanastra, Julia Baird, cree que de su madre: “Tenía mucho más talento del que John nunca tuvo –dirá años después para el libro Los Beatles, de David Pritchard y Alan Lysaght–. Ella le enseñó a John los secretos del banjo, donde tocaba That’ll Be the Day, de Buddy Holly.” Años después, en el ir y venir entre la madurez y la infancia, Lennon cantará esa canción de Buddy Holly e intentará acompañar los arreglos de Los Beatles con el banjo.

Por ahora, lo que tiene es una guitarra de segunda mano. Regalo de Tía Mimi que, sin saberlo, le traza camino: allí está, sólo hay que recorrerlo. Y John empieza a caminar: toca la guitarra todo el día hasta poner enferma a Mimi, que le advierte con la ciega ternura de las tías: “La guitarra está bien como afición, John, pero no te hará ganar dinero”. Al chico le importa nada el dinero. Esa música que le llega a sus oídos de quince años lo encandila. Toca y escucha. Escucha y toca. ¿Qué escucha? Un amigo le pone en las manos un disco de los tantos que llegan por el puerto de Liverpool.

Canta Elvis Presley. Eso escucha John antes de ser Lennon. ¿Sueña con ser como Elvis alguna vez? El 27 de agosto de 1965 Los Beatles, en la cumbre de la gloria, visitarán a Elvis; pasarán horas a solas, hablarán pocos saben ya de qué y se irán los cuatro con la réplica de una pistola, regalo de El Rey. Pero para la gloria falta todavía.

John por ahora escucha a Elvis. Y también se empapa con Little Richard, con ese Buddy Holly que trajo mamá Julia de la mano del banjo, le asombra Ray Charles y lo deslumbra Chuck Berry. Años después, maduro, talentoso, dirá: “Si intentás ponerle otro nombre al rock and roll, deberías llamarlo Chuck Berry”.

Viajes con mi tía

El chico de quince años es un líder. Tiene un grupo de amigos con el que hace música. Bueno, música: son cuatro delirantes que tocan guitarra, armónica, y aporrean una tabla de lavar y un par de platillos metálicos de batería incompleta. El escenario de los sueños es el baño de la casa de Tía Mimi y la percusión la aportan los utensilios de su cocina: el resultado es un estruendo de circo ambulante al que los chicos llaman con pretensiones de innovadores skiffle. Es algo parecido al jazz tradicional, con el toque de Liverpool, claro: es barato hacer skiffle; tablas de lavar, cajas de té para la percusión, una guitarra, voces, no cuestan nada. En Liverpool nacen en dos años setecientos grupos, que en tres años serán trescientas bandas de rock. “Todos los que teníamos entre quince y dieciséis años estábamos en algún grupo de skiffle, que era una especie de música folk americana y un sonido del tipo ‘gin ging-e-ging, ging ging-a-ging’ con tablas de lavar. Y yo formé un grupo en la escuela”, recordará años después Lennon. Es el líder. Lo bautiza, en honor del colegio, The Quarrymen. Ese mismo año del nacimiento de la primera banda dirigida por John Lennon, en Fort Worth, Texas, nace el hombre que va a asesinarlo.

El 6 de julio de 1957 The Quarrymen tocan en los jardines de la iglesia Woolton Parich. Uno de los miembros del grupo, Ivan Vaughan, trae a un chico amigo, dos años menor que John, y lo presenta al líder. El nuevo se llama Paul McCartney y en el deslucido y tímido apretón de manos que se dan con John, queda sellada una de las asociaciones creativas más importantes de la historia de la música; nacen una amistad y una rivalidad a las que el talento hará sólidas y la vanidad efímeras.

Menos de un año después, a John se le plantea una disyuntiva de líder: ¿es necesario integrar a otro guitarrista a la banda? Hay uno en puerta, pero tiene tres años menos que todos; un petulante engreído al que habría que enseñarle primero a limpiarse los mocos, pero que sabe más acordes de guitarra que los que conocen juntos John y Paul. El 6 de febrero de 1958 George Harrison se incorpora a The Quarrymen. Así y allí nacen Los Beatles; no saben aún que son Los Beatles. John tiene todavía una cuenta a saldar con su pasado joven: su madre. Busca una respuesta que no llegará: Julia Stanley es atropellada por el auto que maneja un policía borracho y muere el 15 de julio de 1958, cuando John tiene 17 años y nueve meses.

Dicen que sufre un trauma del que no se recupera. Es tan fácil deslizarse por el tobogán de la psicología de potrero, que lo mejor es evocar lo que queda de la catástrofe: una canción desgarrada –Julia– que Lennon compone a los veintiocho años, una canción de amor para su madre: “La mitad de lo que digo no tiene sentido / pero sólo lo digo para llegar a ti, Julia (…) / Julia, mar de infancia, llámame / Así yo canto una canción de amor, Julia (…) Julia, arena durmiente, nube silenciosa, tócame / Así yo canto una canción de amor, Julia / Julia me llama. Por eso canto una canción de amor para Julia”. John, la infancia ha terminado. Es hora de ser Lennon.

Déjalo ser

Los Beatles estallaron entre 1960 y 1963, como el mundo. Y la historia del grupo es conocida. O no, pero es otra historia. Lennon se casa el 23 de agosto de 1962, en pleno furor del grupo, con Cynthia Powell. La chica está embarazada y esa misma noche Los Beatles tocan en Chester. En setiembre, cuando aparezca el primer simple de Los Beatles, Amame, Lennon correrá a su casa con el acetato en la mano, para escucharlo mil veces junto a su hermanastra Julia. En Liverpool saben que el disco es un éxito porque cuando Radio Luxemburgo lo emite un viernes a las diez de la noche, es tanta la audiencia que hay un apagón en la ciudad. Sólo pasaba con Elvis. El mundo cambia en esos cuatro primeros años en los que Los Beatles subieron y subieron sin parar hasta que se deshicieron en la cumbre de la fama: nace el muro de Berlín, las dos superpotencias casi se abrazan en una guerra atómica, dos tipos que pelearon en serio por la paz mueren; uno de muerte natural, Juan XXIII, y el otro con la cabeza destrozada a balazos en Dallas, John Kennedy; en Vietnam lo que era un conflicto se transforma en guerra. Y Lennon es el alma rebelde de Los Beatles, el líder espiritual, el intelectual. Su rebeldía ya no es adolescente, ahora va en serio. Está convencido de que el lugar que se buscó contra viento y marea sirve para decir cosas, para expresar ideas, no sólo para gritar el alma del rock and roll. El mismo es ya un hombre diferente, que tiene un hijo, Julian Lennon, que nació en abril de 1963; que tiene también mucho miedo de criarlo, de dañarlo como él sabe que un padre o una madre pueden dañar a los hijos. Tiene 22. Ya es célebre y va camino a ser millonario.

El 4 de noviembre de 1963 Los Beatles salen al escenario del Price of Wales Theater de Londres. Es la gala de la Royal Command y en la platea están la Reina Madre, la princesa Margaret y su esposo, Lord Snowden. Lennon presente un tema: Twist y gritos. Es un delirio y Los Beatles lo saben: van a sacudir un poco las canastas de la realeza y de la respingada clase alta de su país. Lennon pide al público que cante la canción con ellos y agrega: “Por favor, la gente de los asientos más baratos puede aplaudir. Los demás pueden hacer sonar sus joyas”. Y suenan. El 7 de febrero Los Beatles llegan a Estados Unidos. Lennon dijo en enero que esperaba no tener éxito en ese país. Ironiza el infante terrible. El país al que llegan está todavía sacudido por el asesinato de Kennedy; además de cambiar, el mundo se torna un poquitín difícil, y el público ve a Los Beatles como un antídoto para su desesperado desconcierto. Los cuatro se divierten. Les preguntan si no temen a las multitudes, dicen que si no están en Dallas, no temen. Un periodista cargado de arrogancia les pregunta en Washington: “¿Por qué creen que se han hecho tan famosos así, de repente?”. Lennon contesta: “No lo sé. Debe ser el tiempo”. Debía haber algo más que el tiempo porque se presentan en el show de Ed Sullivan y la audiencia calculada es de 73 millones de personas en aquel mundo pequeño de hace más de cuarenta años.

Con Lennon a la cabeza, Los Beatles empiezan a tomar decisiones políticas. Son, a su manera, los primeros grandes ídolos de los jóvenes, que cantan lo que ellos cantan y hablan como ellos hablan, que se animan a decirles también que por aquí van, ¿quién los sigue? Y los siguen. No van a Sudáfrica por el apartheid. En Filipinas rechazan una invitación a cenar de Imelda Marcos, esposa del dictador Ferdinando Marcos, y tienen que dejar el país de inmediato. Se oponen a la guerra en Vietnam. En 1965 Lennon ya es millonario y su sociedad con McCartney está en su madurez. Compra una casa para Tía Mimi. Invierte con un ex Quarrymen en una cadena de supermercados. Experimenta con drogas fuertes. Escribe y graba bajo la influencia y a favor de las drogas. Desarrolla sonidos complejos y nuevas formas sonoras, algunas mecánicas, graba canciones de un único acorde, o con guitarras superpuestas. Lo que dice Lennon, con Los Beatles, es simple, sencillo y duro de entender: el rock and roll es ahora estudio, música y armonía, ya no más gritos, contorsiones y voluntarismo. Quien quiera oír, que oiga.

¿Malas compañías?

Y conoce a Yoko Ono. Es el 9 de noviembre de 1966. Es el año de Revólver, donde se incluye un tema de Lennon, I’m only sleeping, escrito bajo la influencia de las drogas. Es también el año del principio del fin. Yoko es vista como una invasora, y tal vez lo haya sido, a ese grupo sólido como el acero que acaba de cambiar las reglas de la promoción, de las giras, de los derechos de producción y de la forma de enfrentar un fenómeno musical de masas.

En 1967 tres hechos cambian para siempre la historia de Lennon y la del conjunto: muere por una sobredosis Brian Epstein, representante del conjunto y amigo de Lennon; años más tarde se dirá que ambos mantuvieron una relación homosexual que Yoko desmentirá con fiereza; aparece La banda del Sargento Pepper, un punto de inflexión en la vida musical del conjunto, y empiezan a chocar los intereses individuales de Los Beatles.

En busca de la armonía interna recurren al Maharishi Yogui a quien siguen con devoción, lo que provoca en el mundo entero el descubrimiento de y la inclinación hacia la cultura de la India. Pero Yogui parece haber resultado un tunante, ladino y astuto, más interesado en los dólares que en la espiritualidad. Lennon lo lapida al año siguiente con una canción, Sexy Sadie, que en principio iba a llamarse Maharishi.

Mientras Los Beatles empiezan el largo camino del adiós y Lennon se divorcia de su primera esposa, John y Yoko son arrestados por posesión de marihuana el 18 de octubre de 1968, cuando dejan el departamento de Ringo Starr. El 22 de noviembre aparece el extraordinario álbum doble blanco de Los Beatles, llamado The Beatles, con un extraño Revolution que incluye experimentos sonoros inducidos por Yoko. Pero a fines de ese mes aparece el desafío: John y Yoko editan el primer álbum propio: Dos vírgenes, que los muestra desnudos de frente y en la tapa. Las autoridades lo juzgan pornográfico y confiscan treinta mil copias. Es el primer gran intento de Lennon de independizarse de Los Beatles y de ser él mismo, pero junto a Yoko Ono, a quienes Los Beatles llaman Mono. Lennon contesta con una canción:Todos tienen algo que esconder excepto yo y mi mono.
El final se acerca.

No se dejan ser

Las diferencias entre Lennon y McCartney hacen fracasar el proyecto Déjalo ser que intentaba grabar una improvisación y ensayo de Los Beatles para editarlo casi en crudo y dar luego un concierto desde algún lugar espectacular. Lo dieron el 30 de enero de 1969 en la azotea del edificio Apple, el sello grabador del conjunto. McCartney quedó en la historia como el impulsor de la unidad en Los Beatles, cuando su papel parece haber sido el opuesto en los tiempos en que los cuatro apenas si se juntaban para grabar: habían dado el último recital público el 29 de agosto de 1966 en el Clandestick Park de San Francisco. El 10 de abril McCartney dice adiós a Los Beatles y Los Beatles dicen adiós al mundo. Déjalo ser aparece casi un año después, el 8 de mayo de 1970.

Antes del final, Lennon escribe, probablemente en su mansión de Berkshire, Tittenhurst Park, una dolida carta a McCartney. La compañía de discos de Los Beatles, Apple, estaba en proceso de disolución y Los Beatles amenazaban o iniciaban demandas unos contra otros. Lennon se queja con amargura por la forma en que Los Beatles trataron a Yoko Ono. Después fustiga a su amigo de adolescencia por lo que piensa es una actitud altanera y vanidosa: “¿Realmente pensás que la mayoría del arte actual existe gracias a Los Beatles? No puedo creer que estés así de loco. ¿No dijimos siempre que éramos parte de un movimiento y no el movimiento en sí?”. Las ilusiones de ayer están hechas pedazos. La carta confirma que Los Beatles se separaron para siempre meses antes del anuncio oficial hecho en abril, y que John fue el primero en decir adiós. Las seis páginas escritas a mano terminan con un esperanzado: “A pesar de todo, cariños de nuestra parte para ustedes dos”. No se sabe si Lennon la envió a Paul y a su entonces esposa, Linda. Es el fin.

John vive ahora para Yoko, de quien Truman Capote llegó a decir que era “una estúpida insoportable”. Se casan en Gibraltar, almuerzan con Dalí. Hacen campaña por la paz en Ámsterdam donde dan cientos de entrevistas en la cama, desnudos; John se borra el Winston que eligió su madre y pasa a llamarse John Ono Lennon, graban juntos Dale una oportunidad a la paz; en el festival de Toronto, Lennon toca junto a Eric Clapton, a Klaus Voorman en el bajo, a Alan White en batería y a Yoko Ono. Graban Live Peace in Toronto y el grupo se bautiza Plastic Ono Band. No hay ni sombras del ayer. Un simple de John y la Plastic Ono es prohibido por apología de la droga. El 14 de noviembre Apple edita Album de casamiento, un disco de John y Yoko que en una canción, Amsterdam, incluye el jadeo de ambos mientras hacen el amor.

Lennon se convierte en un personaje irritante para el poder al que enfrenta con música y palabras, mientras parece hundirse en el mundo oscuro, aletargado, imprevisible de las drogas. Devuelve su Orden del Imperio Británico que le prendió en el pecho la Reina Elizabeth por la injerencia británica en las guerras de Biafra y Vietnam, y empieza el primer año de la última década de su vida con un problema policial: su exposición de litografías eróticas es clausurada por Scotland Yard el 16 de enero de 1970. En diciembre aparece el álbum John Lennon/ Plastic Ono Band que es un éxito avalado, además, por los críticos. Pero uno de sus temas, Héroe de la clase trabajadora es prohibido por la BBC. El disco contiene en realidad los sentimientos más hondos de Lennon expresados con sencillez y profundidad en temas como Mother, Isolation y Love. Jamás volverá a vivir en Inglaterra de modo permanente.

Se establece en 1971 en los Estados Unidos y se convierte en un activista político de izquierda, antibelicista y con un enemigo famoso: Richard Nixon, que preside los Estados Unidos, sugiere tirar la atómica en Vietnam y hace espiar a Lennon por el FBI mientras le pone trabas al expediente de su residencia. Lennon contesta con un disco: Some Time in New York City, que muestra en la tapa una foto trucada de Nixon y el premier chino Mao Tsé Tung, desnudos, en pleno baile. El acoso cesa en 1974, cuando Nixon es barrido del poder por obstruir la acción de la justicia en el caso Watergate. Lennon conseguirá la residencia en Estados Unidos en 1975. Los últimos años de su vida son de vértigo. Uno de sus temas, Imagine, grabado en 1971, es un himno generacional y es la canción más premiada y conocida de Lennon. Pero todo va barranca abajo. En 1973 se separa de Yoko y se fuga a Los Angeles con su secretaria japonesa May Pang. Trabaja en su disco Paredes y puentes, en el que colabora Elton John y en el que Julian Lennon, de once años, canta un tema junto a su padre. El 28 de noviembre de ese año, cuando se presenta en el Madison Square Garden con Elton John, una de las asistentes al recital, en primera fila, es Yoko. A la salida, John y Yoko son pareja otra vez. El 9 de noviembre nace Sean, el hijo de ambos, y la historia oficial dice que el matrimonio pasa esos años felices, con Yoko que administra el negocio Lennon y unos terrenos en los que crían vacas de la raza Hilstein, casas y propiedades en California, y con John que ve crecer a su hijo como no vio crecer a Julian y como no lo vieron crecer a él.

Pero un libro, Nowhere Man (Hombre de ninguna parte), describe a Lennon en esos últimos años de su vida como un virtual zombie, sepultado por un consumo casi constante de cocaína y heroína, que lo mantienen más de quince horas dormido en el amplio departamento del edificio Dakota, que mira al Central Park y que siempre está poblado de extraños. El libro, basado en los diarios secretos de Lennon que leyó su autor, Robert Rosen, describe a una pareja que ya no hace el amor: él pasa el día masturbándose y ella leyendo cartas de tarot con la aspiración de convertirse en un ser de otra dimensión, de otra estatura, capaz de maldecir a extraños y regalar la bienaventuranza a los pocos elegidos que lo merezcan; un atajo, en suma, para dejar de ser la estúpida insoportable que vio la perfidia punzante de Capote.

Son años sórdidos, de derrumbe, de desencanto y crueldad, en los que despiertan a veces ramalazos de talento y escapadas sexuales y regresos sin gloria a los brazos de Yoko, con aquel retintín de la canción de antaño: “Julia, mar de infancia, llámame / Así yo canto una canción de amor”.

No hay más tiempo para canciones. El 8 de diciembre de 1980 John y Yoko toman algunas pocas decisiones: el diez por ciento de las ganancias de ese año de la pareja irán a parar a obras de beneficencia: se lo comunican a su abogado, Clark Morentz. Calculan que los Lennon, con un capital cercano a los doscientos millones de dólares, obtendrán siete millones y medio más en 1980 producto de discos, de royalties y de la granja lechera de las vacas Hilstein. A las once y media ambos juegan un poco con Sean, de cinco años; almuerzan a las doce y media y a las tres de la tarde dejan el edificio hacia los estudios Record Plant, en el oeste de la calle 44, donde van a incorporar arreglos musicales al nuevo disco. En la entrada del edificio, un chico de unos veinte o veinticinco años, con camisa blanca y pantalones marrones, con anteojos de marco fino, se acerca a Lennon y le pide un autógrafo. Va a asesinarlo horas después. Busca fama. Por eso su nombre no se menciona en el cuerpo central de este artículo. Lennon firma el último autógrafo de su vida.

La pareja trabaja hasta las nueve y media de la noche en Record Plant. Cenan en un restaurante de la calle 51 y a las diez cuarenta y cinco una limusina negra los deja en la puerta del edificio. Baja Yoko. Baja John. Allí está el muchacho de la tarde, el del autógrafo. Lennon parece reconocerlo, pero sigue caminando. Cuando lo ve de espaldas, el joven saca un revólver y le pega seis balazos en la espalda. Lennon cae. Los sueños también. Esos balazos, en plena noche, despiertan al mundo.

 

Tomado de www.avizora.com


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